Siempre sentí la necesidad de desarrollarme al menos en dos áreas: la psicoterapia y el arte. No siempre podía vincular todos mis intereses, mis recorridos, y las identidades que se iban despertando en cada experiencia. Sin embargo hoy creo firmemente que nada de lo ocurrido fue casual ni superfluo. Lo espiritual es es el trasfondo, una manera de llamar a Eso inefable que trenza, entreteje, sostiene y da sentido a las cosas. Bendigo cada búsqueda y lo que puedo aprender de vivir... trenzando mundos. Este es un intento de transmitir algo de ese aprendizaje, aún sabiendo que cada experiencia tiene mucho de intransferible.



SILVIA JUDIT LERNER
Contacto: silviajlerner@gmail.com

“DICEN QUE VIAJANDO SE FORTALECE EL CORAZÓN…” (Creo que era una canción de Litto Nebbia… )

Parte 1 de no sabemos cuántas…

¡Cuántas cosas le ocurren o le pueden ocurrir a uno cuando viaja! Al menos para mí, es una de las experiencias más enriquecedoras. Pura expansión del alma… Y considero cada viaje como una gran oportunidad que el destino me brinda, y que agradezco profundamente.
Acabo de volver de un viaje que fue como tres viajes en uno. Me fui por tres semanas (que se alargaron un poco gracias a las cenizas de un volcán europeo). Hacía muchos años que no me tomaba tanto tiempo para viajar en medio del año de trabajo. Pero todo conspiró gratamente para que esto ocurriera.
¿Qué quiero escribir en estas notas? ¿Una reflexión general acerca de lo que significa viajar? ¿Un relato de viaje, donde uno cuenta aventuras y desventuras? ¿O esos otros relatos de viaje en los que se describen lugares y situaciones para que puedan viajar con las palabras los que no viajan físicamente?
En realidad no lo sé todavía. Cuando empiezo, a veces no tengo una idea muy definida de lo que quiero escribir. O bien la tengo, y luego sale algo muy diferente.
Lo que quiero transmitir son, básicamente, impresiones. La huella que queda en mí cuando el mundo me toca, me acaricia o me presiona. Antes de que otras impresiones las tapen o las desdibujen...
Recurro a mi cuaderno de notas. La verdad es que lo usé muy poco durante el viaje, porque era todo tan intenso que no quedaba tiempo ni energía para contar lo vivido, porque todo se iba en vivirlo. (Lo cual llevaría a la lamentable reflexión de que, muchas veces, lo que escribo es casi la sombra o la estela de lo que no llego a vivir…)
Lo primero que sucede cuando uno viaja es una obviedad: uno se desterritorializa.
Pierde sus referencias habituales, básicamente un montón de hábitos se quedan como girando en el aire, sin tener en qué apoyar.
Según la edad y la plasticidad que uno tenga, la transición puede ser sencilla y breve, o puede generar un malestar que tome la forma de irritación, desconcierto o miedo.
Antes entraba en los cambios más aceitadamente. Ahora necesito un tiempo para volver a ubicarme en la nueva condición. Y bastante para dejar la anterior.
¡Cuánta ansiedad los últimos días para dejar todo “en orden”! Pero… ¿Cómo sentir que está en orden un universo que – uno cree – no puede seguir funcionando si uno no está presente?
De todos modos, si uno tiene fecha para partir, un pasaje que no se puede devolver, hay algo que angustia pero está a favor de uno: el tiempo seguirá corriendo y finalmente, de modo inevitable, llegará el día en que ya no se podrá hacer ninguna otra cosa más. Salvo ir al aeropuerto, o al puerto, o a la terminal de buses. De una u otra manera, con las cosas mejor o peor terminadas, - y salvo que ocurra algo drástico – uno se va.

Esto me recuerda algo muy impactante que vi en Cambridge, y también en alguna otra ciudad que ahora no recuerdo. Se llama “Chronophage”, y es un horrible y enorme saltamontes metálico – parecido a un allien - que camina sobre el borde dentado de un reloj muy especial, (The Corpus Clock) en el cual no hay números ni manecillas sino luces que se van moviendo. El  bicho camina, mueve las ruedas y se va comiendo los segundos a medida que los hace avanzar. En síntesis: un ser de pesadilla que se come el tiempo. El tiempo representado como una serie de círculos concéntricos – uno para segundos, otro para minutos, otro para horas, moviéndose a distinta velocidad - que no tiene principio ni final.
Como explica su creador, John Harrison, en el video (ver link, lamentablemente sólo lo conseguí en inglés pero se ve el Chronophage) su idea era mostrar un bicho desagradable y no un saltamontes estilo Disney.
En verdad, no hay nada de atractivo en esto de que algo se vaya comiendo el tiempo, segundo a segundo, minuto a minuto, hora tras hora… ¿Quién no ha sentido eso, al menos alguna vez?

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La sensación que me queda es que el gran saltamontes irá moviendo sus patitas ganchudas hasta que, inevitablemente, llegue el momento que tenga que llegar. Así que lo mejor es relajarse y no interferir en el flujo de las cosas.
Eso es algo que también sirve mucho en los viajes. (Continuará… espero. Porque todavía no conté siquiera adónde fui)